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Un paseo por Valparaíso en silla de ruedas

Un paseo por Valparaíso en silla de ruedas

Uno de nuestros periodistas de LOV salió a recorrer Valparaíso en silla de ruedas. Sufrió, necesitó ayuda, casi se cae de espaldas y descubrió el difícil mundo de los lisiados. Aquí, nos cuenta los detalles y entrevista a un dirigente de la Asociación Regional de Discapacitados. En esta crónica sabrá cómo es caminar con los brazos.

por Javier Foxon

Quiero estar en el lugar del otro. Mi objetivo: saber cómo se vive cuando no tienes piernas y usas sólo tus brazos para caminar. Y estoy a punto de lograrlo por un tiempo. La misión: recorrer Valparaíso en silla de ruedas. Lo reconozco, pensar en perder mis extremidades me aterroriza (¿a quién no?). Pero asumo el reto, voy a experimentar las dificultades que enfrentan los discapacitados.

Para llevar a cabo el desafío, los estudiantes de segundo año de la carrera de Terapia Ocupacional de la Universidad de Playa Ancha, nos ayudaron con la tarea, aprovechando el día del discapacitado (el pasado 3 de diciembre) y su  actividad “Ponte en mi lugar”. La idea de los chicos es simple, sensibilizar a través de este especial ejercicio, ponerse en los zapatos del otro.

Me reúno con Michelle Pfeiffer –no  se emocione, no ESA Michelle Pfeiffer– y sus compañeros de carrera afuera del Servicio de Vivienda y Urbanismo de Valparaíso (Serviu), ubicado en calle Bellavista 168. Michelle es porteña (21) y será mi guía cuando las cosas se pongan difíciles. Ella me enseña sobre la silla de ruedas que usaré: “hay diferentes tipos, hay una estándar (que será la que ocuparé y es la clásica para la gente lesionada), la eléctrica (manejada con un panel), deportiva (adecuada según el deporte), y neurológica (estas son desmontables), en realidad este elemento es un verdadero símbolo de independencia para el lisiado”.

Entonces miro la mía. Me siento, mientras intento entender cómo moverme. Practico el giro a la derecha, direccionando las ruedas. No parece tan difícil. Me muevo a la izquierda. Creo que la domino. Me impulso y salgo. Adiós piernas.

A primera vista, Valparaíso no parece ser una ciudad muy amigable con los discapacitados.

SUBIENDO UNA MONTAÑA

“En Valparaíso hay unas 370 personas con discapacidad física”, cuenta Michelle al iniciar el recorrido. “Y a nivel nacional –o sea registrados con carnet- hay unos 2 millones 400 mil discapacitados físicos, pero todos los que no están inscritos, se calculan que son al menos un millón más”, detalla, mientras mis manos se empiezan a cansar de girar las ruedas. Nos dirigimos a la Inspección Regional del Trabajo, por Avenida Brasil.

¿Por qué vamos hacia allá? Porque Bernabé Leiva (58), porteño que quedó inválido cuando guagua lo afectó una enfermedad al sistema nervioso (Poliomielitis) y dirigente de la Asociación Regional de Discapacitados, nos recomendó ir a dar una vuelta ya que era uno de los recorridos más difíciles de hacer en silla y quisimos comprobarlo. “Prácticamente no hay accesos”, advirtió.

Avanzo lentamente. Cuesta entrar en movimiento y lo peor es que cuando lo logras, los brazos ya están cansados. Pero prefiero no quejarme porque ya tengo el primer gran desafío: la rampa de entrada a la Inspección del Trabajo. Una rampa tan empinada, “que tiene más de los 45 grados que por ley debería tener una rampa para servir de acceso a discapacitados”, explica la alumna de Terapia Ocupacional. Y remata. “Y si eso fuera poco, fíjate en la curva que tiene”. Un gran detalle.

Tras la primera parte de la subida hay una curva muy angosta que lleva al segundo tramo de la rampa. Respiro hondo. Me impulso. Lo hago con fuerza para no irme hacia atrás, pero es tan empinado que pareciera que estoy subiendo una montaña. No doy más. Llego a la mitad de la rampa. Doblar y seguir es imposible. La silla de ruedas apenas cabe en esta parte tan estrecha y menos aún cuando giro. Después de varios intentos fallidos, Michelle viene en mi ayuda.

Bernabé Leiva, uno de los dirigentes de la Asociación Regional de Discapacitados.

A esta altura los brazos me duelen como nunca. A tal nivel, que ahora sólo me impulso para no caer de espaldas. Pero no avanzo. El acceso de la Inspección Regional del Trabajo, supuestamente diseñado para personas con condiciones especiales, significa una verdadera tortura usarlo. Cuando estoy a punto de caer, de nuevo aparece Michelle –mi guardaespaldas- para impedir la caída libre.

Una vez arriba, con mis brazos acalambrados, la universitaria suelta un “hasta acá no más llegaste”. Pensé que todo había terminado. Trato de entender a que se refiere. Y comienzo a buscar un acceso. Nada. Es que después de la rampa,  hay solo una especie de plataforma frente a una gigantesca escalera. Cero accesos para discapacitados en silla de ruedas.

“Y eso, aunque te encontraras con una persona de buena voluntad que te subiera por las escaleras. Arriba te encontrarías con otra barrera: una puerta giratoria”, advierte, la estudiante. Atino a mirar el edificio. Es verdad, no hay manera de acceder por mi cuenta. Me voy derrotado.

Algo más que pueda hacer, ¿hablar por los teléfonos públicos por ejemplo? Pero no alcanzo siquiera el auricular. Entonces decido regresar donde Michelle y sus compañeros. “¿Qué tal?”, preguntan. “Horrible”, respondo. Me cuenta que una mujer hace unos minutos participó  y se quebró y se puso a llorar después de la experiencia. No es para menos.

CONTRADICCIONES

El resultado es definitivo, sin accesos apropiados andar en silla de ruedas es un calvario. Incluso aunque alguien te ayude. “Y eso que (la silla de ruedas) es un símbolo de autonomía”, reclama Bernabé Leiva, el dirigente de la organización que ayuda a la reinserción social a discapacitado y quien nos recomendó el tortuoso recorrido a un lugar público, donde cualquiera debería poder entrar.

“Si te fijas, hay varios lugares sin accesos. Mucho se habla de la solidaridad. Incluso una institución como el Banco de Chile,  que ayuda a la Teletón, curiosamente su sucursal en Valparaíso ¡tampoco tiene acceso a silla de ruedas! Es contradictorio”, detalla, Bernabé. Tan contradictorio como el edificio donde funciona el Fondo Nacional de la Discapacidad de Chile (Fonadis) en Valparaíso, un edificio que funciona al lado de la Inspección del Trabajo y al cual se accede con la misma (maldita) rampa del desagradable recorrido.

“Hasta aquí no más llegaste”. Esta es la escalera de la Inspección del Trabajo.

“Quien fiscaliza que existan estos accesos es la municipalidad, pero ellos se caen en lo que es la supervisión”, dice Bernabé. Y acota otro caso que atenta contra la calidad de ciudadanos que posee y que debiese ser igual que cualquier persona. “Lo que ocurre en el Registro Civil de Valparaíso es el más emblemático de todos. Porque si uno quisiera sacar carnet de identidad, casarse o sacar pasaporte no tiene ningún acceso para entrar. Es más, ni siquiera tiene baranda para la tercera edad.  Una vez reclamé y me dijeron: ‘entre por atrás’. Pero esa es la puerta trasera, por dónde sacan la basura. Claramente que el derecho que tengo como ciudadano, no parece ser el mismo que tienen todos”. La solidaridad por lo visto no es suficiente. LOV

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