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Un retrato a los punks de calle Bellavista

Un retrato a los punks de calle Bellavista

18 Noviembre, 2013bellavistaoustiderspunksvalparaíso2442Views35Comments

Algunos llevan quince años viviendo en la calle por donde la mayoría de los porteños pasa para tomar la micro o el metro, para llegar a Anibal pinto, subida Ecuador o Cumming. Ellos, conocidos como los “punkis” siempre están ahí pidiendo una monedita, con una botella de Pilsen o un chimbombo. O las dos juntas. Se ven peligrosos, pero aseguran que devuelven los celulares que se encuentran en la calle. Poetas, artistas y alguna vez, estudiantes universitarios que los atrapó la calle. Estos son los “punkis de Bellavista”.

Por Marysol Bustamante A.

Sucia e inmunda, así luce calle Bellavista. La basura desparramada por las veredas parece esquivar a los pocos basureros del sector. Decenas de personas transitan por ahí, es un  pasaje de tránsito: estudiantes, comerciantes, oficinistas, etc., circulan para llegar a sus trabajos, universidades o casas. Por la noche, la misma calle se llena de promotoras y aparecen los carritos de completos, la única constante son un grupo de diez personas que al ojo del transeúnte parecen invisibles.

Son los punketas de bellavista, un grupo de jóvenes que por diversos motivos han terminado viviendo en el sector, los marginados del puerto, los outsiders que por vicios, convicciones o gusto están en la calle viviendo. Como si nada importara, solo el  día a día. Algunos incluso llevan 15 años apostados en el lugar. Sus integrantes varían con el tiempo, algunos sólo están de pasadas por la ciudad, otros se quedan por meses y esperan irse algún día. Para otros es su hogar adoptivo. Es tanto el tiempo que han dormido en esa calle, bajo el gigante árbol que los cobija, que incluso ni los carabineros los echan, parece ser que de una forma u otra, son parte –de mala forma- del “patrimonio” porteño.

Mediodía. Calle Bellavista. El sol implacable provoca sed entre los muchachos. Ya se están poniendo de acuerdo para comprar copete. Pero están indecisos. O compran un chimbombo o una chela, ese es el máximo dilema del día. “Flaquita nos falta gamba”, pide el Pepe sentado al lado de su pareja, Delia. “Llevo cuatro años y un día con este hombre, ¡una condena!”, bromea y suelta una carcajada estridente su novia. Delia de 28 años, estudió tres años trabajo social en la Universidad Valparaíso, pero ahora vive con su novio Pepe en una pieza y pasa el tiempo con los chicos del árbol. “yo no vivo en la calle eso sí, nosotros tenemos una pieza y ahí van los cabros a dormir cuando llueve”, cuenta Delia.

Mientras hacen la “vaca” para comprar cerveza, aparece Juan Victor de 32 años en la escena. Viste pantalones de militar, una polera amarilla a rayas, un pañuelo palestino rojo, lentes de sol y un moño. Es el más alegre del grupo. “Somos personas buenas de corazón, pero somos alcohólicos. Somos personas que hemos vivido casi quince años. Vivimos en el árbol, arrendé un departamento ahí”, explica honestamente.

Lalo es el que lleva más tiempo viviendo en la plaza Juan de Saavedra.
Lalo es el que lleva más tiempo viviendo en la plaza Juan de Saavedra.

EL HOTEL MIL HOJAS

“¿Y para qué hablai tan amariconadamente huevón?”, interrumpe Lalo, un joven de 29 años, el primero en llegar a vivir en Bellavista. Tiene dos alfileres de gancho en la oreja, una cicatriz de una traqueotomía y otras más feas en el cráneo. Se le ve cojo producto de severos ataques epilépticos.

Lalo dice que lo echaron a los nueve años de su casa “porque hacía puras huevas. Soy de los primeros que llegaron acá, antes habían dos locos más pero se fueron, aunque de repente llegan estos indigentes culiaos que están acá”, y abraza a Juan Víctor, que aclara “este es mi mejor amigo, siempre ha estado conmigo en el árbol”.

Lalo recuerda que hace quince años llegó al árbol que está justo debajo del Edificio Centenario, en la plaza Juan de Saavedra, frente a los puestos de artesanía. Un árbol de tronco ancho y copa generosa que los cobija del calor en el verano, pero no de la lluvia ni del frío en invierno. Juan Víctor, ya con varios grados de alcohol en el cuerpo, cuenta que su casa es aquel árbol enorme: “yo vivo en el hotel mil hojas con los cabros”, dice apuntando las raíces que tiene varios colchones, frazadas y botellas. “Ese árbol tiene magia, nos abriga y nos cuida”.

Le pedimos a Lalo, que parece ser el líder del grupo, si nos puede mostrar el lugar donde duermen todos juntos. Sin decir nada, se da vuelta y hace una seña con la mano para que caminemos tras él. “No saquen fotos todavía que tengo la cagá”, advierte. A Lalo le cuesta caminar. Cojea como si tuviera un calambre o algo muy pesado en sus bototos negros. Mientras sacude las sábanas, relata que hace poco tuvo un serio accidente producto de la epilepsia alcohólica que padece. “Yo tengo epilepsia alcohólica. Si no tomo, me vienen los tiritones y me caigo al suelo, me ponen un trapo en la lengua y me soban los brazos y listo”. Acto seguido, nos muestra la cicatriz de la traqueotomía. “Por esto estuve en coma dos meses”, y muestra las otras cicatrices que tiene en la cabeza.

Él duerme en el único colchón que hay sobre las raíces del árbol. El resto debe asegurarse con un lugar cerca para no pasar tanto frío. Pero aquí no solo descansan ellos por las noches, sino también los perros callejeros que han adoptado como mascotas, aunque “me tienen el colchón hecho mierda porque lo rascan y le hacen hoyos” dice, con la mirada pegada en un punto fijo. Luego, nos muestra la lápida donde está escrito el nombre de la plaza. “Aquí enterré a mi perro regalón, y más allá está descansado el pirata, mi otro perro”, indica haciendo el recorrido.

Aquí duermen y pasan el día entre tomateras y pidiendo plata.
Aquí duermen y pasan el día entre tomateras y pidiendo plata.

LAS ALAS Y LAS JAULAS NO CONGENIAN

Juan Víctor estudió tres años teatro. Hijo de militares dice haber recorrido todo Chile, y por la profesión de sus progenitores recorrió varios países, como España que es el que más recuerda. “Somos borrachos, pero elegantes”, concluye.

“A nosotros nos dicen los 322, porque nos levantamos con tres botellas de ron, dos de jugo y dos cajetillas de cigarros”, echa la talla muerto de la risa. Sentado a unos metros de un puesto de sopaipillas, relata que “alguna vez fuimos elegantes. Toda la gente que vive aquí es artista y tiene algo especial”, explica Juan Víctor.

“Es cierto que tenemos problemas, pero la felicidad siempre llega. Somos personas especiales, tenemos muchos secretos. Estamos aquí porque nos gusta, porque la vida que uno lleva estuvo mal. Apenas mis papas se separaron tomé mi carpa, el saco, ropa y me fui a recorrer Chile. Yo me farreé la U, pero la vida es especial”,  cuenta, justificando de cierta forma el estilo de vida que lleva.

Calle Bellavista, aledaño al lider, bajo el gran árbol, los puedes encontrar. Te piden monedas, se rién, toman, son marginados. Quieren vivir así.
Calle Bellavista, aledaño al lider, bajo el gran árbol, los puedes encontrar. Te piden monedas, se rién, toman, son marginados. Quieren vivir así.

“Yo vivo aquí, porque yo quiero. La vida detrás de un escritorio es muy fome. Eso sí, la calle es bonita, pero te atrapa el alcohol, el carrete”. Al preguntarle si le gustaría salir de aquí, se pone romántico y evade. “Obvio que me gustaría, pero quiero encontrar el amor, el problema es que me tocan puras minas locas. Así no se puede”.

Es pasada la hora de almuerzo, y llega la segunda, o quizás tercera ronda de chimbombo y cerveza. No los hemos visto comer. Nos despedimos y nos aseguran que podremos pasar sin miedo por la calle Bellavista de ahora en adelante.  Pero antes de irnos, Pepe, poeta y novio de Delia, la casi trabajadora social, se acerca y nos toma la mano y recita: “No importa si la jaula es de oro o  de hierro/ De miedo o de poder/ No importa si las alas están plegadas/ O abiertas/ Igual sirven para volar/ Las jaulas y las alas nunca han podido congeniar”. LOV

Equipo de Redaccion

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