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Misión: Buscar oro en el Marga Marga

Misión: Buscar oro en el Marga Marga

Fuimos en búsqueda de oro en Quilpué, a orillas del estero Marga Marga, aunque sonara a películas de vaqueros, y pese a las inquietudes de mi editor, hallamos un micro mundo en esta zona. Es que el oro tiene algo que hipnotiza, que llama la atención y que durante muchos años afiebró a miles de hombres que lo perdieron todo para ir en su búsqueda. Nadie podría resistirse, incluso mi editor.

Por David Burgos

Fotos Fernando Thumm

No estaba muy seguro de la actual existencia de los lavadores de oro y mi credibilidad con mi editor estaba en juego. El primer ejercicio periodístico postmoderno, buscar en internet, no arrojó resultados. Y claro, las nociones básicas de los lugares donde podríamos encontrar oro se han difundido solo gracias al boca a boca.

La bibliografía existente sobre la historia de Quilpué es escasa, y más aún la que cita los lavaderos de oro en la actualidad. Sin embargo, la feria del libro de la comuna nos brindó la primera pista para comenzar. La publicación “Pasas por Quilpué. Recorriendo su historia” (2011) es el esfuerzo más actual que se ha realizado y posee un capítulo completo dedicado al tema. Lorena Arancibia, Licenciada en Antropología especializada en Arqueología, es la autora del estudio.

El mundo quilpueíno no es muy grande, basta con hacer un par de consultas para llegar a contactar a cualquier persona. Y así fue. Dimos con la antropóloga Lorena Arancibia quien a su vez, nos dirigió con Luis Alarcón, Licenciado en Historia, hijo de lavador de oro y vecino de los “lavaderos”. Luis, aceptó ser nuestro guía, pero no aseguró nada con el oro. “No hay cómo contactarlos previamente, sólo hay que aventurarse en el estero para encontrarlos”, indicó.

Coordinamos y partimos en busca del oro.

Cruzando el troncal sur desde el sector de Villa Olímpica, a la altura del acceso a Quilpué desde la autopista, es posible apreciar que el área urbana desaparece y un sinnúmero de colinas comienzan a  formar parte del paisaje. No vemos agua, no vemos el estero Marga Marga y, por supuesto, no vemos oro. Sin embargo esta se convierte en nuestra primera parada.

Luis nos explica que toda la extensión en la cual nos encontrábamos habían sido “mantos auríferos” que cientos de personas, llegadas de todas partes del país, trabajaron durante los años ochentas en los yacimientos, como parte de los planes de la dictadura para apalear la cesantía existente en la época.

Cuesta imaginarse que en estas colinas, hubo túneles de extracción de considerables extensiones, bodegas, oficinas y muchos esforzados trabajadores que sobrevivieron en precarias medidas de seguridad.

Continuamos nuestro viaje por la zona sur de Quilpué, entre la humareda de la quema de los micro-basurales clandestinos, comenzamos a bajar hacia el lecho del estero Marga Marga y súbitamente se abre frente a nuestros ojos todo un pequeño mundo que se esconde entre los cerros y que parece haberse protegido del vertiginoso avance de la ciudad que se encuentra río abajo.

Debajo de las colinas de Villa Olímpica hay cientos de túneles que sirvieron para la extracción del material para el lavado del oro.

Entremedio del barrial se mueven viejos y ruidosos camiones trasladando material, hablamos con don Rodrigo Alegría, lavador de oro, un asiduo trabajador del estero por más de 40 años, quien nos confirma la escasa, pero vigente acción del lavado de oro. Y señala que los camiones que veíamos estaban “acarreando” material para ingresarlo a una inmensa canaleta que funciona con la presión del agua extraída por bombas desde el estero, es decir, el  mismo proceso utilizado por siglos, pero a una escala mayor.

EL MICRO MUNDO DEL ESTERO

Gracias al trabajo de la académica Lorena Arancibia, es posible identificar en las crónicas de los períodos de la conquista española la extracción del oro, incluso antes de la llegada de éstos últimos. Los procedimientos de lavado se han realizado exactamente en los mismos lugares por lo que es difícil obtener evidencias arqueológicas de aquello, debido principalmente a la remoción de material que significa una faena como esta.

Dejamos a don Rodrigo, y el recorrido sigue estero arriba, llenos de historia, pero sin oro todavía.

Mientras Luis, el guía, nos explica que muchos de los que habían venido en busca del oro se quedaron en este lugar para siempre, sale al camino doña María acompañada de su hijo José. María es de los que decidió asentarse a orillas del estero hace más de 30 años, pero que hoy ha debido buscar otras formas de subsistencia. Su hijo trabaja el carbón en dos humeantes hornos, los que vende a distintos locales en Quilpué, mientras su padre es un arenero que a pesar de su avanzada edad palea la arena del Marga Marga para venderla.

En este alto del camino disfrutamos de un pan amasado recién salido del horno que nos entrega la señora María, quien asegura que aún se saca oro, pero que la falta de agua hace dificultosa su extracción, por lo que los esfuerzos no valen la pena. Agradecidos por la atención, con racimos de uvas y nueces (pero sin oro) la expedición continua.

Ahí, en las orillas del estero y acompañado sólo por su perro, conversamos con don  Miguel que se queja de su dolor de espalda y prepara el área a punta de chuzo y pala para “lavar” el fin de semana. El lavador cuenta que durante el boom aurífero la gran cantidad de gente que vino en busca de oro, transformó el lugar. La gente alojaba, se vendían almuerzos, bebidas, licor, había prostitutas y hasta una cancha de futbol. Bajo la pregunta de rigor acerca del oro, escuchamos una respuesta esperanzadora: “se saca, pero poco”.

Estero arriba no hay agua y sólo continuamos el recorrido por el sonido de la piedra trabajada que llama nuestra atención. Otro solitario personaje cincela la piedra con precisión, el cantero prepara lápidas para los cementerios y todo lo que le pidan en piedra. Mucha piedra, sin embargo, nada de oro.

Sin oro que ver o tocar, pero enriquecidos con muchos antecedentes que evidencian un sistema de subsistencia entorno al estero Marga Marga, desconocido para la mayoría, enfilamos el camino de regreso, cuando Rodrigo Alegría, a quien conocimos en el comienzo, trabajando entre los camiones, nos invita a echar un vistazo a la canaleta, y para sorpresa vemos lo que hasta el día de hoy fehacientemente creemos que fue oro (ver foto).  Por fin.

Y aquí, después de un largo recorrido, el oro.

Con la misión cumplida, dejamos atrás, el estero Marga Marga y en algunos minutos nos encontramos en plena ciudad quilpueína. Recién dimensionamos lo que acabamos de presenciar, en silencio junto a mi colega fotógrafo se cuela una sensación muy parecida a la de un despertar, aquella de frotarse los ojos, para saber si el pequeño mundo surrealista que acabamos de ver existió o formó parte de nuestra imaginación. “¿Tienes las fotos?”, le atino a preguntar. En sus registros brilla una pepita del metal precioso. LOV

Revisa la galería de nuestro viaje.

Equipo de Redaccion

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