Por Gonzalo Larenas
Un día abrí la ventana y me di cuenta que había otra Viña del Mar, arriba, en los cerros que suelen estar ocultos del lado turístico de la ciudad jardín, tapados por tantos edificios absurdos y palmeras copiadas de un ochentero y grotesco Miami. Detrás de tan poca autenticidad me di cuenta que había algo único, lleno de vida y belleza interna. Era Viña con sus casitas de colores que miran el mar desde lo alto, los vecinos tranquilos que te saludan, los cerros anchos, largos, grandes y sus luces amarillentas que iluminan las calles, los lugares urbanos a los que la ciudad de playa y arena da la espalda.
Cuesta darse cuenta en el día a día de lo que nos perdemos en el paisaje. Es que vivimos entre paredes de edificios, pegados unos de otros, como hormigueros en altura, y así nos perdemos del resto, de lo no observado, lo que es digno de explorar.
Cuando llegué a vivir a Viña no podía más que gozar de los paseos mirando el mar y cada día buscaba ver ese inmenso horizonte. Viví la ciudad como si fuese estar en el cine 3D, presenciando una eterna película romántica, con ese atardecer perfecto, sin embargo, para ver de verdad hay que girar la cabeza y mirar hacia esas calles interiores, a esas subidas desconocidas, mirar a la altura, donde la planificación urbana turística se desvanece.
Lo que pasó fue que me cambié de casa y al abrir una ventana de mi piso 11, me topé con una mirada directa al cerro, lejano al mar, pero lleno de colores, vida, áreas verdes, calles interminables y un caos vial como la de cualquier metrópolis, una locura bella. Al parecer vivimos dándole la espalda a sitios que bien podríamos rescatar, retratar, dignificar o explorar, como si fuese una gran galería de fotos, donde se puede ver todo, la fiesta del vecino, el quiosquero vendiendo diarios, el horizonte desapareciendo entre las nubes y las casas.
Le damos la espalda a los cerros viñamarinos porque creemos que allá está lo feo, pero al revés allá es donde está la verdadera vida. Es que pasamos el día pensando en mirar las olas, pero nos olvidamos de complementar el paisaje, y cuando se viene la noche parece que se apagara la pantalla del cine. En ese momento, en que todo parece acabar, es cuando feliz me siento en el balcón a soñar la ciudad de Viña, como era antes, más bohemia, poética, e intento entender cuál es su real identidad, esa que en verdad se mira desde lo alto, donde brillan esas luces, donde se despierta la noche. Aquellas luces de neón que se expanden hacia el infinito, al otro océano, el horizonte trasero, el patio escondido que llena de misterio, sospechas, brecha social y olvido.
Es así como se mira la ciudad bella, la que tapa con maquillaje sus puntos negros, la que tapa con edificios y luces los encantos de su lomo nostálgicamente iluminado. Un día entonces abrí la ventana y comprendí que a pesar de ignorarlas, esas luces en el día se transforman en una combinación de colores que gritan y explotan a la vista de los pocos que dan cuenta de su existencia, es por eso que invito a levantarse, a buscar y asomarse entre los edificios para mirar por la escalera de emergencia, y se darán cuenta que allá atrás, donde no queremos mirar, hay otro mundo, olvidado a veces por la justicia.
Viña del mar, la ciudad jardín, tiene un bello patio interior, que como las antiguas casonas tiene un encanto, un espacio de luz entre la masa construida, un espacio de encanto lejos de Valparaíso que nos devuelve una bohemia olvidada, y mientras una mayoría ve ocultarse el sol, se les olvida ver salir la luna, y es cuando la magia del paisaje comienza a suceder, porque así como el mar, también espero ese satélite blanco que aparece tras los cerros para iluminar lo nuestro, la vieja y desgastada identidad.
Después de escribir esto, me levantaré a tomar un café y a mirar a nuestros vecinos olvidados, los de arriba, los de atrás, los que nos miran, y desde este hoyo los saludaré para ver si a cambio recibo una sonrisa a lo lejos, un despertar de un tiempo y lugar perdidos en medio de una postal ochentera y extranjera, desde los más gringo de nuestra identidad, lo más lejano a nuestra identidad, me despido para entregarme a la visión única de nuestra realidad, de nuestro verdadero encanto en la ciudad.
-
http://twitter.com/ropavez Rodrigo Pavez
-
Paola Rojas
-
Marta Escudero
-
http://twitter.com/laotravoz La Otra Voz

