jul 20 2012

Opinión de académico de la Upla: “El capitalismo es fantástico”

El capitalismo que día a día nos azota y deja a muchos sin nada del chorreo.

Por Cristian Venegas, psicólogo, profesor del departamento de sociología de la Universidad de Playa Ancha.

Caminaba por las calles a paso lento, siempre reflexionando, con ese aire distraído, ensimismado que me caracteriza. Con razón me dicen luego los alumnos/as: “profesor, lo saludamos en la calle y Ud. no nos vio”. Claro, a veces en mis clases, al comenzarlas cada año, les prevengo de lo volátil de mi atención, casi siempre, habito más en el mundo de las ideas que la captación directa de esos multiformes estímulos del ambiente. Por lo mismo, no he querido comprarme un auto, porque perdería esa ensoñación que no transo, esa visión algo melancólica de las casas, paisajes, árboles y nubes que quedan atrás con el andar del microbús o el acompasado ritmo del metro tren. Nunca pienso en mi destino al final del viaje sino aquel viaje interior de sentimientos, ideas que se mueven como una suave marea que mece tranquilas las aguas de mi embarcación.

Fui a comprar al supermercado, y nuevamente, me encuentro con la humilde viejita que pide dinero en la esquina, el hombre que duerme entre cartones con su fiel perro y todos aquellos rostros invisibilizados por la rutilante luz de los escaparates, que representan las siempre nuevas mercancías, renovadas con la estrategia de la obsolescencia programada. Así, se nos ofrece ese efímero montaje teatral para provocar el deseo compra  o  al menos su contemplación fascinante. Esa teatralidad del consumo, tiene por personajes a los/as perfectos/as maniquíes, exhibiendo todos aquellos signos de estatus, moda, elegancia y glamour. Las luces artificiales que proyectan las vitrinas hacia la calle, no logran iluminar otro espectáculo de sombras, protagonizado, no por mediáticos rostros ni modelos maquillados y retocados/as digitalmente. Allí, fuera de ese mundo perfecto, donde todo es feliz, encontramos el borde ignorado por la publicidad y sus efímeras imágenes, nos encontramos con la pobreza ocultada o minimizada en las estadísticas, las personas que recogen cartones, comen de la basura y escuchan voces lejanas e inaudibles en sus cabezas, son excluidos/as y marginalizados/as, parafraseando al filósofo francés Michel Foucault, los/as alejamos porque no queremos ver en ellos y ellas el horror del sistema capitalista mantenido con nuestras acciones u omisiones.

El sistema económico capitalista se las arregla para no mostrar la explotación cotidiana mediante la cual produce sus mercancías: hombres, mujeres, niñas y niños trabajan en condiciones infrahumanas en países del tercer mundo o en cordones periféricos de las grandes urbes. Así, las grandes marcas utilizan el management clásico: “producen barato y venden caro”, ayudados de la comunicación estratégica, imagen corporativa, publicidad y marketing, para que el público compre sus productos y vista a la moda, sin enterarse de dolores, sudores y miserias de las masas explotadas en sombrías fábricas.

Esos pequeños universos puestos en cada vitrina invisibilizan la explotación, el cansancio, la vulneración de los  Derechos Humanos a que fueron sometidos hombres y mujeres, que incluso enfermaron y murieron en nombre del desarrollo capitalista, que justificaba el quebrantamiento de la integridad física y psíquica. De este modo, se aseguraba mensualmente el dinero para la junta directiva de la empresa, los accionistas y especuladores. Estos célebres empresarios reciben en lujosos encuentros con la clase política, pomposos discursos narcisistas en torno al ejemplar emprendimiento, modélica gestión e impecable responsabilidad social.

Quiero traer otra luz, ya no aquella artificial de postes ni vitrinas de la ciudad, es una luz que nos dan todos/as quienes han realizado reivindicaciones, protestas, manifestaciones o incluso revoluciones para cambiar de raíz las condiciones de explotación, porque soñaron una sociedad distinta hoy esos sueños nos habitan, con ellos se pintan las paredes y el cielo si fuera necesario, para que alzando los ojos, veamos esa aurora nueva. Por el esfuerzo de quienes tuvieron la valentía de desafiar dictaduras, represiones, torturas y vejámenes sin nombre, hoy escribo estas palabras, siempre exiguas e insuficientes para contener el caudaloso río de sentimiento latinoamericano que se construye en la literatura y las artes, todas ellas, formas de resistencia, para hacer un mundo habitable frente al horror de lo real, ante las sobras cotidianas.

Con un abrazo solidario recibimos la fuerza de ejemplares hombres y mujeres que cayeron en combate para que nosotros/as viviéramos en una sociedad más justa. Contra las maquinaciones del olvido y los fundamentalistas del consumismo, nuestra memoria se llena de tantas victorias obtenidas y derechos conquistados. Nuestra solidaridad cotidiana se yergue contra el hedonismo, los silencios, el presentismo y la farándula alienante. Nos hemos cansado de ser peones en un juego de ajedrez que no nos pertenece. Hemos dado vuelta el tablero, las piezas volaron al aire, ahora jugamos otro juego, aquel construido por quienes estuvieron siempre al borde. Hemos desmontado los oxidados engranajes del sistema capitalista y en ello, quienes lucharon por nuestra libertad hoy son las fragantes flores de nuestra revolución.

Así como se nos presenta el capitalismo, es fantástico: su mundo de gente feliz en malls, vestidos con lo último de la moda, sus gustos sofisticados, aromas y perfumes refinados, las largas charlas de peluquería, cafés y galletas, hablando de espurias realidades televisivas de la farándula. Esa gente es feliz y reivindica su libertad individual, en el “libre mercado”, viviendo así, por cierto que les parece una idílica sociedad. Para decirlo de modo aún más claro: “Esa libertad de las elites, se sostiene con la explotación laboral de las mayorías”. Por lo mismo, así como la luna, el capitalismo tiene su lado sombrío; su fantasía consiste en prometernos un presente ensanchado, pleno de goces sin fin, felicidad instantánea, figura perfecta, una salud que no decae y todo un imaginario de completitud.

Cuando observamos aquel rostro sombrío del capitalismo, descubrimos sutiles fisuras en sus imágenes de perfección absoluta, sentimos el grito silencioso de esos seres anónimos que vieron apagar sus vidas a la sombra de las fábricas, negado su futuro aún antes de nacer, por ser pobres. Sus anónimas vidas quedaron ocultadas como raíces de árboles  en olvidados cementerios, en fosas sin nombre, a la sombra de una cruz que no logró convencer a los creyentes que la fe se vive en obras.

Esos hombres y mujeres de finos trajes siempre dieron migajas a los pobres y desamparados para tranquilizar sus conciencias, para poder seguir acumulando dinero, poder e influencias ellos/as jugaban ajedrez con las relaciones humanas, mientras afuera la mayoría estaba viviendo en el grado cero del capitalismo. Aún así, la clase alta podía comer tranquila, dormir, comulgar y sentirse muy buenas personas, habiendo invertido para ganar un pedacito de Cielo, manteniendo amistad con el sacerdote, sentándose en primera fila la iglesia, una institución que ha trabajado históricamente enfatizando más la mantención del orden social, es decir el statu quo, que promoviendo el cambio social. De ese modo, repartió y sigue repartiendo para las vidas dolientes por la explotación una enseñanza metafísica para traer solaz a las atribuladas almas, es decir, opera simbólicamente como un opio para el pueblo como diría Karl Marx.

El fantástico capitalismo es la única gran ideología que ilumina con su resplandor múltiple las sociedades de casi todo el orbe, sin embargo, esa luz está construida con todas las estrellas del firmamento que tuvieron que perecer, con aquellas únicas esperanzas que brillaban para quienes murieron ya en vida a todo anhelo de algo mejor, con las llagas que deja la indiferencia, la vida miserable y la falta de oportunidades. De esas vidas dolientes, surgieron hombres y mujeres que se esforzaron por construir una nueva sociedad, cuya bandera fue portada por movimientos insurgentes, así, una nueva utopía brilló, fue el nuevo sol cuya luz brotó de todos los corazones para resistir la miseria cotidiana y transformar el mundo de raíz, como diría el Subcomandante Marcos: “Para todos, todo”. Así y sólo así, nuestro esfuerzo no habrá sido en vano.

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