por Zully Castro Villavicencio
Crédito foto: Michelle D.
Hay muertes que son fugaces. No te dan tiempo para despedirte. Te pillan de sorpresa, y por lo general, es escalofriante sólo pensar en ellas. Por ejemplo, un accidente de auto, un homicidio, etcétera. También existe otro tipo de muerte, la que viene después de una enfermedad o un deterioro físico, la que te va diciendo a diario que de un momento a otro te vas y no vuelves más. Una muerte que es dolorosa, pero que da tiempo.
Esa es la muerte que le está tocando a mi abuelita. Hoy en la casa (con enfermera), pero muy grave. En este triste futuro, en el fin de una sola persona, es que se reúne la familia que nació de ella: hermanos, tíos, hijos, nietos y bisnietos; todos juntos en torno a la mujer que creó los maravillosos lazos que los unen.
Yo me pregunto, ¿cuántas historias se esconden tras casi un siglo de existencia? Y me pregunto de nuevo, ¿qué pasa con las vivencias cuando la única que las conoce deja de existir? Nunca me he enfrentado a la muerte tan de cerca. Esta es la primera vez que veo a un familiar morir, es duro aceptarlo, porque a pesar de ser el ciclo natural de la vida, lo naturalmente correcto, duele. Y mucho.
La “Mane” -sobrenombre que le puso mi primo mayor, acortando lo que quería ser mamá Inés- tuvo las fuerzas para criar a 4 hijos y a algunos nietos. Enseñó las tablas de multiplicar al más “porro”, vivió la muerte de su marido y vio partir a sus hermanos. Por mucho tiempo nos parecía invencible. Firme y dura como un roble. Y observarla ahora indefensa y cansada es lo que más cuesta. Lo que más duele.
Por un lado está la pena. Una muy profunda de ver a tu abuela morir de a poco. Verla apagarse y entender que cada día es una lucha. Enfrentarse las palabras tabú y las preguntas que no se quieren hacer. Lidiar con los plazos que no se quieren cumplir, es desgarrador. Creo que más de algunos de ustedes lectores han de entender lo que estoy diciendo.
En estos momentos, ad portas de ver partir a mi abuela, la sensación de haber querido pasar más tiempo con ella me invade. Me imagino que a todos los que le ha tocado sufrir una pérdida familiar cercana han pasado por lo mismo.
Haber puesto más atención a sus historias, poder transmitir el conocimiento de nuestra sangre a los que no la conocieron tanto. Muchas veces la excusa es: “no hay tiempo” (o es lo que queremos pensar). La vida te lleva y te encierras en tus círculos: el trabajo, la familia que estás formando, el pololeo, la universidad o el colegio. Todo parece abrumador, como dicen “te pilla la máquina”, y sin darse uno cuenta pasa más de un año sin dar el abrazo a ese ser querido.
Como dije al principio por lo menos la muerte que avisa te da tiempo para viajar si estás lejos, dejar al lado un tiempo el trabajo o vacaciones y hacer una pausa. Detenernos a recordar y reírnos, nos da tiempo para ser de nuevo una familia, unirnos como en los mejores años. Aprender la lección que es fácil entender cuando te está pasando. Por eso queridos lectores, lo mejor es aprenderla antes.
Hoy sólo me queda un sentimiento de agradecimiento a esta madre, hermana, abuela y bisabuela que se me va. La gratitud por sacar lo mejor de nosotros siempre, incluso en un momento tan difícil como éste y convertirnos en una gran familia.
Queridos lectores, no dejen pasar el tiempo. O el tiempo va a pasarles por encima.

