6/03/2010
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Curicó sufrió las consecuencia del terremoto y viejas edificaciones como la Iglesia San Francisco terminaron en el suelo.
Por Reinaldo Cáceres
Crédito fotos: Fernanda Fuentes
El primer pensamiento cuando se te mueve el piso a gran escala, es recordar dónde está cada uno de tus seres queridos. Eso pensé a las 4 de la mañana cuando la tierra se sacudió y botó todo lo que estaba encima de mi mesa.
El terremoto me pilló mientras estaba en la casa de la mejor amiga de mi primo en Santiago. Muy lejos de mis familiares. Aunque los vecinos del barrio se preocuparon de que nadie estuviese herido.
A las cuatro y media de la madrugada partimos con mis primos a hacer dedo desde Maipú, donde nos encontrábamos, hasta la Estación Central. Las calles oscuras por el corte de luz. Los autos aceleraban. Las radios retumbaban por la ciudad. Primero, nos llevó un camioneta y luego un auto. El conductor venía nervioso, es que el gran sismo lo pilló en el piso 15 de su edificio, con su señora embarazada y como buen marido iba a la casa de su suegra. Extrañamente a dos casas de mi familia. Un acierto entre el desastre.
Igual el miedo era evidente. Nunca había sentido la necesidad de abrazar tan fuerte a mis tíos. Después comenzaron los clásicos llamados por celular. Tenemos familia en el sur y no sabíamos nada de ellos. Llamamos insistentemente por más de 6 horas. Varios se reportaron sin daños. Sin embargo, hubo algunos que no pudimos contactar. El miedo, obvio, atacaba de nuevo. Venían en camino mi prima desde Temuco en bus y mis tíos, uno desde Miami y el otro desde Buenos Aires, para el cumpleaños de mi tía y temíamos lo peor. A las 10 hablamos con los viajaban desde el extranjero, uno se quedó en Lima y el otro vivió el terremoto en un noveno piso de un hotel capitalino.
Mi hermano estaba en Viña del Mar con mi padre cuando me comuniqué con ellos. Durante el sábado llegó la luz y viendo la televisión dimensionamos por fin que todo lo que ocurrió, era aún más devastador de lo que habíamos pensado. A las nueve de la noche nos llegó la información que mi prima que venía de Temuco, había varado en la carretera, en paralelo al pueblo de San Javier, cerca del epicentro. Estaba bien. Y haría todo lo posible por llegar a Santiago. Era claro que el cumpleaños no sería como el que pensábamos.
A las tres y media de la tarde di con mi hermana que junto a algunas amigas querían ir a ver el concierto de Ricardo Arjona en el Municipal de la Florida. Pero ahora sólo quería volver a casa. La fui a buscar en auto al terminal de buses, donde había líneas que cobraban 12 mil pesos o más por ir a Curicó, nuestro hogar, y donde se sabía había daños. En las calles era la ley de la selva. Una pista de carrera con autos a 100 kms/hr como si nada. Todos corrían a ver a sus seres queridos. Ni siquiera un sujeto de verde con gorra los detendría.

Las calles de Curicó quedaron destrozadas.
LA ESPERA
La subida de los precios y la poca frecuencia de los recorridos en un principio a las zonas afectadas nos dejaron esperando hasta el día lunes, siempre pensando en cómo regresar al Maule. Mi madre y mi sobrino (hijo de mi hermana que vino a ver Arjona) estaban solos, sin agua y luz. Y las imágenes en la tele y la incomunicación nos ponían cada vez más nerviosos.
Mi hermana desesperada. No sabía de su hijo y llamaba cada dos horas para ver si la situación había mejorado. Por suerte en la mañana fuimos al terminal Alameda que estaba vacío y tomamos un bus que iba a Curicó.
El panorama en la carretera era desolador. El poder arrollador del terremoto se notaba en las construcciones: pasarelas peatonales, pasos sobre nivel y casas a la orilla de la carretera parecían una gran escenografía de película de guerra. Al interior del bus curiosamente perfectos desconocidos contaban sus movidas experiencias, parecía un café con mesas y gente conversando. Cuando llegamos, el panorama era desolador en Curicó, no por la magnitud sino por los recuerdos de muchos de los lugares que ahora estaban en el piso. Al bajar una señora de edad sollozaba: “¡que te hicieron mi Curicó!”.
TOQUE DE QUEDA
El martes pasado la presidenta se apareció por la ciudad. Los gritos pidiendo un toque de queda se hicieron escuchar. Es que el lunes fue demasiado nerviosismo. Mi madre y mi sobrino estaban bien, pero había un constante rumor de saqueos y peleas en todos lados. Algunos decían que alguien les había contado que venía un grupo organizado de ladrones y así al infinito. En la mente de nosotros la ciudad era una locación de Mad Max.

La desolación amigos, la desolación.
Lo único cierto y que pasó fue que muchos no dormimos sino que patrullamos nuestros pasajes, defendiendo lo que nos quedaba. Otros, más agresivos, disparaban al aire y retumbaba en la oscuridad. La mañana del martes nos dimos cuenta y dijeron que lo ocurrido fue sólo un episodio de histeria colectiva. Justo lo que necesitábamos.
Después de eso, el toque de queda llegó. Ese día fue especial. Fue el primer día desde que se fue la dictadura y llegó la democracia que los ciudadanos debían volver a entrarse a sus casas a una determinada hora. Y así lo hicieron. Nadie en las calles. Los perros no ladraban y la escaza luz de la ciudad te dejaba ver las estrellas de una extraña forma que tranquilizaba.
En la noche me di cuenta de lo que realmente pasaba. Curicó había sido tomado por militares, pero esta vez la historia era diferente. Hoy nos protegían de nosotros mismos.
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Curicó u.u