5/02/2010
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Nuestro columnista dice que pese a las críticas, estas actividades le hacen bien al país.
por Sergio Sepúlveda
Crédito foto: elviejodelsaco
“Creo que la pequeña gigante me habló entre mi borrachera”. Esa frase creo que une a la perfección las más grandes manifestaciones públicas en estas últimas semanas: La Pequeña Gigante y su Tío en Santiago (siguiendo la lógica el pariente sería: el gigante, gigante) y en Valparaíso, los Carnavales Culturales del Bicentenario.
Mientras, los borrachos expiaban sus culpas con el vino sagrado de las calles porteñas, había familias enteras que seguían a los títeres gigantes aguantando el calor, tomando agua mineral tibia (y cara) y soportando un tumulto apretado, para no perderse ni un movimiento. Los “liliputienses”, como especie de mini dioses, movían a los muñecos, que pestañeaban, caminaban e incluso la bañaban.
Miles de personas los miraban, aunque algunos podrían decir que solo eran pedazos de madera moviéndose o esgrimir la típica crítica cuando vienen artistas extranjeros: que se llevan demasiada atención mediática y popular. Tal como pasó con la gran foto en pelotas del señor Spencer Tunick, donde todos le rindieron tributos. Querámoslo o no, amamos a los extranjeros y sus artistas.
En lo local, también podríamos criticar con justa medida que los carnavales culturales es sola la excusa para una acumulación de borrachos y hippies mal aseados, que quieren cambiar el mundo con poesía barata y un “carnaval” a la chilena, que en resumidas cuentas solo les sirve para agarrarse minas. Las cosas por su nombre. De cultural no tiene mucho, es cierto, en realidad el sexo, las drogas y el rocanrol es lo único que les interesa.
Es que la falta de utopías y la escasa participación que tenemos como juventud en la política y en las decisiones importantes del país, nos hace caer en un nihilismo que se acerca más bien al hedonismo desenfrenado. Cultural, masivo y gratis, parece que fuese: “Ok, por esta fecha tomen en la calle estúpidos borrachos”. Y cuando entregan en bandeja la oportunidad se agudiza la carencia de ideas para hacer algo que realmente valga la pena.
En cierta medida (ojo, en cierta medida) igual los viejos tienen razón. Durante los días de los carnavales pocos se dedicaron a ver a los artistas durante el día, porque estaban con una resaca horrible (de esas que parecen acupuntura en la parte frontal de tu cabeza) por las mañanas. Ergo, en la noche cuando se quitaba volvía el alcohol y las sustancias ilícitas se tomaban las calles.
Sin embargo, y pese a los puntos que expuse antes, hay un factor sumamente rescatable y que encara a todas las críticas que se le puedan hacer a este tipo de manifestaciones artísticas callejeras: la gente recupera los espacios públicos, para bien o para mal, pero lo hace.
Y eso, sin duda, es un paso, para escalar una montaña. Es un logro que la ciudadanía sienta la calle como propia otra vez y pierda el miedo y olvide el “cartuchismo” abundante en nuestro país. Aquella recuperación es para disfrutar de un espacio no solo como un espacio tránsito por donde se pasa para ir a encerrarse a ver tele, en ese castillo que llamamos hogar, donde estamos libres de delincuencia y flaites (o por lo menos eso creemos).
Lo que ocurre con nuestra sociedad es preocupante. Nos quejamos frente a todas las injusticias que vemos mientras estamos sentados frente a nuestro televisor. Pero cuando hay que salir a pelear de verdad, nos apretamos el nudo de la corbata y pasamos de largo, o alegamos por el taco que hacen lo que están defendiendo alguna injusticia.
Por ello, es importante que se realicen más de estas actividades. La gente tiene que salir, distraerse en conjunto, perderle el miedo a ese “otro”, y evitar estar entre cuatro murallas en la soledad de sus monitores (tal como usted lee esta columna). Sólo así los sueños del conjunto estarán por sobre las individualidades. Sólo así podremos sobrellevar este “mundo que tira para abajo” como dice Charly García. Y cambiar algo.
Quizás es un peldaño de esta montaña hacia Mahoma, pero por algo se debe empezar. Asi que deje de leer esto y vaya a la calle maldito adicto a internet.
Tags: carnavales culturales, espacio publico, juventud, miedos, Pequeña Gigante, valentía, valparaíso


























