1/02/2010
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Karen y José en su casa de Playa Ancha. Tras 28 años de servicio, él dejó las guerras para dedicarse al amor y la familia.
No tan sólo por la cama o el servicio, sino por su gente y sus dueños, aquellos que hacen de Valparaíso esa ciudad mágica, una cacerola de cultura y patrimonio de cerro a mar, es que los turistas y universitarios prefieren los hostales y residenciales en Valparaíso. Aquí, desentrañamos un par de historias marcadas por el sacrificio. Pase y lea.
Por Javier Foxon y Sebastián Labra
Valparaíso es amado por los turistas. Sobre todo los europeos más “outdoor”. Si les dan a elegir entre Viña del Mar y la Ciudad Puerto, la última siempre gana. Méritos tiene de sobra. Primero, es exótica, debido a su particular arquitectura y peculiares habitantes. Las casas parecen que cuelgan de los cerros y la chispa del porteño es única. Segundo, fue catalogado como patrimonio de la humanidad, una categoría que unida a que está al fin del mundo, sencillamente mata. Y tercero, es conveniente para el bolsillo.
Por lo mismo, el número de clientes para los hostales y “bed and breakfast” (b&b’s) durante esta fecha crece, se dispara. Mientras que el primero apunta a los jóvenes, con precios baratos, donde se conoce a otros viajeros; el segundo, es ideal para quien busca quedarse en alguna casa típica porteña remodelada para comer y dormir sólo por un par de días.
El auge de estos alojamientos ha sido tanto que a principios del mes pasado 12 hospedajes de Valparaíso mejoraron sus instalaciones gracias a un programa financiado entre universidades privadas y el sector público. Es que no solo durante el verano son ocupados, de acuerdo a una estadística del Consejo de Rectores de Valparaíso, un 40% de estudiantes matriculados se quedan también en estas residenciales. Los hospedajes de apoco se transforman en una piedra angular del desarrollo comercial y turístico en la ciudad porteña.
Pero no solo tienen una utilidad funcional. No solo sirven para dormir. En muchos casos son casas patrimoniales que fueron refaccionadas, o simplemente, son atendidas por verdaderos personajes que se convierten en el patrimonio intangible de Valparaíso. Por eso La Otra Voz salió a buscar aquellos que entregan ese “valor agregado” a estos recintos, los que entregan el cariño, la buena onda, y justamente, el ingrediente humano que hace que regresen los turistas. Aquí, les contamos un par de curiosas historias.
AMOR Y COMBATE
No hay cómo saber que este es un b&b’s. No hay letreros y menos un aviso en la ventana con precios y servicios. Es lo que se conoce en buen chileno como una “picada”. Lo único evidente cuando llegamos es que la enorme casona amarilla se destaca de las otras en la calle Vista Hermosa, en Playa Ancha. Es La Casa de Henao.
Toco el timbre. El que abre la puerta es precisamente José Henao, un colombiano nacionalizado norteamericano, que vivió casi su toda su infancia y adolescencia entre New Jersey y Miami. Y llegó a Chile hace 10 años por pega y acá en el sur del mundo halló a quien sería la mujer de su vida, Karen Aguirre. Una chilena y “porteña buena moza” -como se autodefine-, que fue su corredora de propiedades cuando Henao buscaba un departamento para alojarse por unos meses en Viña del Mar.
Latina y gringo. Una mezcla inflamable. Y el amor explotó como una bomba. Aunque no fue muy fácil. Es que Henao en ese tiempo tenía una profesión particular. Su físico –que se observa ahora que estamos en el living- algo adelanta: alto, corpulento y pelo corto. José era uniformado (ahora en retiro), pero no era un simple militar raso. Era comando de los U.S Marines: francotirador y paracaidista, que combatió –siempre en primera línea- en los conflictos internacionales más recordados: Irak, focos del medio oriente, contra guerrillas narcos de Colombia, entre otros. José era y es un hombre rudo.
Por eso cuando se casaron Karen tuvo que adecuarse a su trabajo. Sobre todo cuando él viajaba por el mundo en sus “viajes de negocios”. La distancia y el miedo, un horrible temor que cada noche acosaba a Karen cuando pensaba en que algo malo podía pasarle. Pero no le pasó nada. Al contrario, su especial trabajo lo llevó a 38 países, cuenta ya de civil de pantalón corto y polera. Después de 28 años de servicio decidió retirarse de los Marines. “Ya no quería más guerra”, dice riendo y sentado en el living su casa y a la vez negocio. El amor por sus dos hijas y señora pudo más. Incluso rechazo un puesto de instructor en la Academia de guerra de los Marines. “Valpo” fue la elección.
Así la tropa Henao–Aguirre se instaló con camas y butacas en Playa Ancha. En aquella casa que compraron el 2002 y que tanto les fascinó a ambos. Y fue justamente por el buen ojo de la corredora, que dieron con esta antigua casona que según los registros municipales data de 1914. Y después de una gran inversión, lograron remodelarla y acomodarla con muebles cuidadosamente seleccionados de remates de antigüedades y de todos sus viajes por el mundo. El resultado: una auténtica casona histórica que hace ocho años que funciona como b&b’s, administrado por la mamá de Karen.
“Aquí se llega por dato, por recomendación. Aunque también tenemos avisos en internet y es por eso es que llega mucho europeo por acá, aunque este año curiosamente, han llegado más americanos”, explica la esposa del ex marine. Son alemanes, italianos, suizos, brasileros, holandeses e irlandeses, quienes visitan La Casa de Henao durante el verano, donde se arriendan bicicletas, hay lavandería e incluso hay un servicio de niñera que se cobra aparte. Eso sí, es en marzo cuando cambia el público ya que son los estudiantes quienes golpean las puertas.
El lugar es seguro, ¿habrá alguien en el mundo que osaría hacer algo en la casa de un ex comando Marine? Y cuenta con locomoción casi a la puerta. Más información en: www.lacasadehenao.cl.
CASA DEL MAR
En la punta del cerro Yungay, en Valparaíso, es donde se entiende de verdad la tranquila vida que hay en los cerros. Hay silencio absoluto. No hay micros, ni bocinazos. Desde cualquier punto de la calle es posible ver el enorme paño azul marino. La empinada subida de la calle General Mackenna (527) produce cansancio al subirla, pero después de casi llegar literalmente a la “punta del cerro” aparece la Maison de la Mer. Una verdadera visión de descanso para cualquier viajero.
Esta casa del mar (como lo indica la traducción de su nombre en francés) es una antigua casona, típica de Valparaíso. De aquellas que al principio es imposible darse cuenta de lo grande que es verdaderamente. Hay timones dibujados en el muro de la entrada y al entrar una clásica campana para dar aviso que uno llegó. Ahora quien abre las puertas al hostal es Bernard Durier. Un francés que desde febrero de 1972 vive en Chile. Justo un año y medio antes que Chile sufriera el golpe de estado.
Como muchos otros extranjeros que han decidido quedarse en Valparaíso, Bernard se casó con una chilena. Pero eso fue mucho después de que empezará sus aventuras en esta larga y angosta faja de tierra. Cuando llegó otro gallo cantaba, el francés llegó al país como sacerdote asuncionista. Su congregación lo envió al país para trabajar y ayudar a los más necesitados en la ciudad de Lota. “Imagina un poco eso. Era terrible. Había mucha miseria, pobreza, alcoholismo y prostitución”, relata sentado bajo la tranquilidad del parrón del patio de su hostal.
El golpe de estado y los años posteriores sólo empeoraron las cosas en el pequeño pueblo minero donde se encontraba. “Es que para la dictadura, Lota era considerada un nido de comunistas”. Bernard aún recuerda aquel 11 de septiembre y cómo paseó por la plaza principal del lugar con las manos arriba, mientras las autoridades y obreros eran detenidos o directamente fusilados. “Me agarraron los milicos y me dieron un salvoconducto para ir a la embajada de Francia”, recuerda sin esforzarse en recrear el momento cuando representantes de la Junta de Gobierno establecida en ese entonces, lo invitaron sutilmente a irse de Chile. “Cosa que no hice”. Obvio.
Lo que sí hizo fue refugiarse en Santiago. Después se mudó a Rengo y esperó a que se calmara el “temporal”. Ahí ayudó a la comunidad durante siete años. Luego, volvió una vez más a Lota donde participó en las protesta contra el régimen del dictador Augusto Pinochet. “No sé cuántas veces quisieron expulsarme. Eso sí, allá no me atacaban a mí, pero sí atacaban a la gente que trabajaba conmigo. A la juventud especialmente”, cuenta como si fuese una película de la Segunda Guerra Mundial. Y recuerda el caso de una universitaria que fue torturada de maneras indescriptibles y que finalmente se suicidó quemándose con bencina. “Para los milicos ella era una enferma mental, una que estaba en tercer año de universidad”, rememora.
En esa difícil época fue cuando arribó al puerto principal. Todo gracias a que una de las parroquias porteñas de su congregación fue tomada por estudiantes que estaban en huelga de hambre en forma de protesta. Durier fue llamado entonces a hacerse cargo y gracias a sus habilidades y sensibilidad política solucionó el dilema. Desde entonces, el cura francés se quedó en los cerros de Valparaíso y nunca más regresó a su país natal.
Posteriormente, ya en democracia, en el año 2000, pidió ser dispensado de su cargo. El problema que tuvo fue especialmente con el obispo Jorge Medina, un religioso conocido por ser pinochetista. “Yo trabajaba con los marinos y los pescadores, e inicie un trabajo de prevención del sida. Prácticamente no me dejaron trabajar”. Así que pidió dejar su calidad de sacerdote y fundó la Maison de la Mer.
“Nosotros tenemos algo interesante. No estamos en el plan por eso es mucho más tranquilo aquí”, cuenta sobre el hostal, “mucha gente le gusta este lugar por su tranquilidad y estamos a dos pasos del plan. La mayoría de las personas que llegan para acá son de habla francesa: franceses, belgas, suizos, canadienses de Quebéc y chilenos. Aparecemos en algunas revistas especializadas, pero lo más importante es la publicidad de la palabra”, sentencia.
Más información en www.maisondelamer.cl






























Señores “La Otra Voz”,
Gracias por su reportaje, muy interesante y queremos felicitar a los reporteros.
Muchas gracias
Que bonitas historias!!!!
Mis felicitaciones al periodista!